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En memoria del cañón

puskas Uno de los mayores regalos que nos brinda la niñez, y que es difícil valorar hasta que no se ha perdido, es la capacidad de mitificación de lo cotidiano. Un niño recuerda los pasillos de su colegio, el primer día de clase, como interminables corredores, fantásticas bóvedas y laberintos donde iban a transcurrir años llenos de aventuras. O unos rizos rubios enfrente bastaban para imaginar una historia infinitamente más maravillosa –cómo dudarlo- que la de cualquiera de esos príncipes azules que salvaban hermosas y tristes damas aherrojadas. Qué decir de una tarde invernal con dos o tres amigos en el parque. Bastaba que llegase la oscuridad del atardecer para que las mentes calenturientas ya imaginasen extraños encuentros, historias sublimes o terroríficas, a veces heroicas, momentos inolvidables.. Esa capacidad de la edad temprana para dotar de una brillo deslumbrante a los días exteriormente más grises.

Por supuesto, como casi todo en la vida, uno suele acabar encontrando el reverso a tanta intensidad. Cuando vuelve a sus antigua escuela, por ejemplo, y contempla, ridículamente pequeñas en su dura realidad, las estancias que antaño habían semejado catedrales, las diminutas sillas de raqueta, los techos bajos, la pista de básket que tan inmensa parecía. La sonrisa de superioridad al pensar en las cosas de niño, los compañeros que los ojos de la memoria ven más como zagalillos que como camaradas, la Cenicienta de la que sólo queda una pálida imagen. La racionalidad del adulto relativizando implacablemente las vivencias inmortales del muchacho que fue: dificil que sobreviva algo de esa época a la mirada, tan superior, de la condescendencia.

Fue en aquellos días cuando supe por primera vez de la existencia de Puskas, y las historias que oía de él eran tan llamativas, tan sumamente fascinantes, que no tardó mucho en poseer un lugar privilegiado en mi pequeño panteón de héroes infantiles. Creo que mi primer contacto con él fue a través de un viejo libro de Escartín sobre Historia de los Mundiales. Aprendiz de futbolero, ya conocía el cuadrado mágico de selecciones, Brasil-Alemania-Italia-Argentina, así que cuál no sería mi asombro cuando leí al venerable don Pedro hablar del equipo de Hungría ’54 como el mejor que él –que había estado en todos los Campeonatos del Mundo excepto en el primero- había tenido el privilegio de contemplar en su vida. Y citaba a Puskas como la cúspide de esa maravillosa escuadra, el que les había llevado a la gloria, y que en la famosa final de Berna había marcado dos goles (uno ilegal) y había hecho un poste… ¡jugando cojo!

puskasvejeteYa entonces se me quedó el nombre, peculiar por otra parte, en la cabeza. Y por tanto, es probable que mis orejas se alzaran unos centímetros la primera vez que oí a mi padre contar una historia que después he escuchado muchas veces más, siempre con idéntica delectación. Hablaba del chaval que era él mucho tiempo antes, y de cómo intentaba infructuosamente concentrarse en su estudio mientras en una destartalada radio Matías Prats retransmitía una final de la Copa de Europa que estaba jugando el Madrid en una lejana ciudad llamada Glasgow (servidor jamás había oído esa nombre). Y relataba una avalancha de tantos, y cómo cada vez que caía alguno, él bajaba a la carrera la escalera de su casa para informar a su amigo, dependiente de una tienda cercana. A mí ya me parecía ver los escalones, la radio, el dormitorio austero, incluso escuchar los gritos de gol por partida doble, con pequeño intervalo entre ellos. Sin embargo, cuando mi padre me dijo que los siete (!!!) goles del equipo blanco los habían logrado entre sólo dos jugadores, y que un tal Puskas había marcado cuatro, seguramente una sombra de escepticismo se permitió pasar por mi cerebro.

- Papá, yo he visto varias finales ya y en ninguna ha habido más de tres goles.
- Eran otros tiempos. Y hay quien dice que fue el mejor partido que nunca se haya jugado..

Me quedé muy escamado, y yo creo que no me lo acabé de creer hasta que leí la crónica completa en unos viejos fascículos que regalaba ABC, bastante tiempo después. Por el medio, había escuchado ya tantas historias inverosímiles sobre el húngaro, que sus hazañas pertenecían ya más al terreno de la fantasía que al de la realidad. Cosas como que había marcado una barbaridad de goles jugando con una barriga descomunal y casi sin poder moverse. Que había sido el único jugador de la Historia con dos carreras, una en el Honved y otra en el Madrid, y que en el medio había estado dos años sin tocar un balón. O que había marcado más goles en partido oficial que Pelé. Que ni siquiera se llamaba Puskas, que era un apodo que significaba “escopeta”. O cómo había marcado dos veces consecutivas una falta que el árbitro le mandó repetir. Sin olvidar aquello que a mí tanto me impresionaba, el liderazgo de los magiares mágicos en la primera profanación de Wembley, 3-6, en un partido que posteriormente fue definido por un inglés como “caballos de carrera contra caballos de tiro.” Yo siempre había tenido a Wembley como el gran templo del fútbol, así que aquello me sonaba un poco como… bueno sí, como conquistar el mundo.

Después pasó el tiempo, vinieron la adolescencia y la juventud, y no es que me olvidara del Cañoncito, pero vi tanto fútbol que poco a poco Puskas se iba reduciendo a un nombre más en una galería de estrellas, presentes y pasadas, que cada vez iban ocupando más espacio en mi memoria. Sin embargo, sí que ocurría un fenómeno curioso, que me ha seguido pasando durante mucho tiempo. Cada vez que alguien hablaba de los Cuatro Grandes del fútbol, comenzaba a inquirir una suerte de Pepito Grillo en mi cabeza repitiendo: “¿Y Puskas no debería estar en esa lista?” Y yo lo silenciaba con argumentos tipo “Calla, no puedo opinar porque nunca lo vi jugar. Además, a saber lo que hay de real en esas viejas historias.”

Murió Puskas hace dos semanas, lo enterraron ayer, y me he pasado este tiempo devorando todo lo que se ha escrito sobre él, con la sensación de pérdida irreparable en el corazón y un nudo en la garganta. Porque he comprobado, de mil fuentes diferentes, lo que ya intuía: que todas esas historias eran ciertas. Y no sólo ellas, sino muchas más: la seducción definitiva de Di Stéfano el primer día de entrenamiento (este tío la toca mejor con la bota que yo con la mano), las competiciones de lanzamientos seguidos al palo, los toques a una pastilla de jabón en la ducha… y también la noble decadencia del héroe cansado, rodeado por cientos de trofeos y distinciones que ya no podía reconocer, olvidado del mundo. Una vida que es una epopeya.

ataudpuskas Yo no sabía que más podía decir, cuando tanta gente importante ha hablado ya sobre él, cuando un generoso Pelé se ha sumado a la vieja sentencia de Kubala –amigo de juventud-, sentenciando que fue, no uno de los mejores, sino el más grande. Pero cuando el estruendo de los cañones ha cesado, cuando la Plaza de los Héroes de Budapest ha vuelto a quedarse desierta, los millares que han ido a despedirlo han secado sus lágrimas y la más brillante zurda que jamás pisó verde ya descansa para siempre en la querida tierra húngara, he descubierto que sí tenía un granito de arena por aportar. Que no importa si los descubres cuando eres demasiado pequeño, careces de perspectiva y la exageración es la norma, hay figuras que son más grandes que la misma vida, y seguirán siéndolo cuando nos hayamos ido de aquí. Porque su grandeza está más allá de nosotros, y su brillo quedará para siempre.

Descansa en paz, Pancho.

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Secciones: Historia, Personajes, Real Madrid

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16 Comentarios »

  1. #1  martin  dijo,

    10 Diciembre 2006 6:16 pm

    Precioso articulo.

  2. #2  Leon  dijo,

    10 Diciembre 2006 6:52 pm

    Es verdad, muy bonito el artículo. La historia de Puskas es para hacer una película. El partido de Glasgow lo pusieron hace años en Tele 5 creo, y era una pasada.

  3. #3  Pedro Yepes  dijo,

    10 Diciembre 2006 9:19 pm

    El mejor artículo que he leído en Diarios de Fútbol (aunque no trate exactamente de fútbol, sino del halo de leyenda que rodea algunos de los pasajes de su historia, como éste, y que, en cierto modo, es lo que hace tan sumamente maravilloso a este deporte).

  4. #4  Fran (Cartagena)  dijo,

    10 Diciembre 2006 10:59 pm

    Tengo los pelos de punta Ramon. Magnífico artículo.

  5. #5  Joe McQuack  dijo,

    11 Diciembre 2006 12:37 am

    Ya os lo han dicho, pero os lo repito. Felicidades por esta perla de artículo.

  6. #6  Aupa Athletic!  dijo,

    11 Diciembre 2006 1:16 am

    Para cañon, Isma Urzaiz (Athletic Club Bilbao).

    VAYA GOLAZO!!!:
    http://youtube.com/v/yVuvyGvGnqE

  7. #7  Pokyman  dijo,

    11 Diciembre 2006 1:38 am

    Magnífico artículo, hacía tiempo que no leia nada igual

  8. #8  Alexandre  dijo,

    11 Diciembre 2006 1:47 am

    No me queda más que aplaudir tu fantástico artículo… realmente, una obra de arte.

    Descanse en paz.

    Un culé.

  9. #9  Ramón Flores  dijo,

    11 Diciembre 2006 2:33 am

    Muchas gracias a todos. Me alegro especialmente de que os haya gustado, porque creo que la ocasión lo merecía. Saludos!

  10. #10  Andres  dijo,

    11 Diciembre 2006 2:41 am

    Qué bueno, Ramón.

    Gracias.

  11. #11  Un_culé  dijo,

    11 Diciembre 2006 3:11 am

    Precioso artículo, impresionante. De lo mejor que he leído.

  12. #12  NIPO  dijo,

    11 Diciembre 2006 9:01 pm

    Mientrás leía el artículo pensaba que el que escribía era Dadán Narval contando sus relatos de infancia…

    Ramón, crea tu tambien una serie de idolos de juventud!

  13. #13  Ramón Flores  dijo,

    11 Diciembre 2006 11:25 pm

    No es mala idea, Nipo. Lo pensaré.

  14. #14  SANTOTE  dijo,

    13 Diciembre 2006 5:13 pm

    Fenomenal artículo, siempre he pensado que la mejor zurda de la historia era la de Maradona, y lo sigo pensando, pero tu planteamiento me ha ayudado a pensar que hay jugadores que aunque no los hayas visto jugar pueden ser considerados como un ídolo para uno.

    @Aupaathletic.

    Con todos los momentos que hay para hablar de lo que quieras y eliges el peor… Mira que juntar en un post a Urzaiz y Puskas….

  15. #15  Domin83  dijo,

    5 Enero 2007 1:45 am

    Ese brillo especial en los ojos lo ví reflejado en el rostro de mi abuelo en una de las ocasiones en las que me hablaba de Puskas. Me contó una anécdota buenísima de un partido contra el Barça, creo que el del 1-5 que endoso el Madrid a los culés a principio de los años 60.
    La anécdota consistía en que en un momento del partido hay una falta a favor del Madrid, tira Puskas escorado y la clava en la escuadra de Ramallets, pero el árbitro la repite por no se que historia. Asi que Puskas se dispone de nuevo a lanzar ….. y la vuelve a clavar en la escuadra !!!!! Jajajajaja auténticamente sensacional, digno de un súper-genio como él.

    Siempre estarás en nuestro recuerdo, Pancho.
    Un abrazo enorme !!!!

  16. #16  ¿Sabías quién fue el único en anotar un hatrick a domicilio en un clásico? » Diarios de Futbol  dijo,

    20 Diciembre 2007 11:07 pm

    [...] que el protagonista fuera uno de los mejores delanteros que jamás han disputado un clásico, Ferenc Puskas. Cañoncito Pum abrió el marcador de penalty mediada la primera parte, anotó el segundo poco [...]

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