El fútbol y yo (IV): trampas
La suerte quiso que el primer partido con nuestro nuevo entrenador fuera en nuestro campo frente a nuestros eternos rivales, por la cercanía de nuestras ciudades, del Sporting de B.. El jueves previo al partido, que era en sábado, el entrenador nos dijo que repartiría las camisetas y daría la alineación en la caseta, el mismo día del encuentro.
- Haré cambios con respecto a lo que suele plantear mi tío – advirtió.
La frase a mí me llenó de esperanza. Aquella noche casi no duermo pensando en que quizá, por primera vez, podría vestir desde el inicio la camiseta de la UDSM. En clase, como era habitual, dibujé en mis cuadernos una alineación de nuestro equipo conmigo como referencia en ataque, sólo que ésta vez, al hacerlo, sentía algo en el estómago pensado en que, a diferencia de otras ocasiones, ahora todo podía ser real. En casa me mantuve en silencio, en un estado de concentración plena, hasta que, durante la cena del viernes, no pude callar más y comenté a mi padre que quizá a la mañana siguiente fuera titular.
- Creo que el nuevo entrenador me va a poner de delantero centro desde el principio –dije.
Mi padre sonrió y me felicitó. Dijo que pensaba que podía hacer un gran papel, siempre y cuando mis nervios no me vencieran.
- Tienes que pensar que en realidad no te juegas nada –añadió-. Sólo así te saldrán las cosas bien. La presión no es buena.
Después, me dijo que, por desgracia, él no podría ir al partido porque tenía trabajo al día siguiente, pero que estaba convencido de que a pesar de que él no estaría allí, lo haría muy bien y me dio una palmada de ánimo en la espalda. A mí en parte me entristeció saber que mi padre no estaría el día de mi posible debut como titular, pero por otro lado, me sentí aliviado, porque sabía que si el me estaba viendo, mis nervios serían aún mayores.
Tras la cena, mi padre nos mandó pronto a la cama, con la excusa de que al día siguiente yo tenía una cita importante y que debía descansar. En aquellos años, compartía habitación con mi hermano pequeño. Teníamos dos camas, entre las cuales estaba un póster del Athletic de Bilbao que nos había regalado mi tío Pablo, y varias fotos de futbolistas recortadas de las revistas de fútbol que, muy de vez en cuando, me compraba con mi paga. Mientras me estaba poniendo el pijama, miraba el póster y me preguntaba si Sola, Argote, Sarabia o De Andrés, cuando eran pequeños como yo lo era, se sintieron nerviosos, como antes de su primer partido de titulares. Me convencí de que seguro que sí, que cuando ellos vivieron el momento que yo estaba viviendo, habrían tenido los mismos sentimientos mitad de inquietud mitad de esperanza que ahora me dominaban a mí. Ya en la cama, sin poder dormir, dominado por oscuras visiones de lo que podía pasar al día siguiente (oportunidades falladas, no saber dónde situarme en un corner, el maldito fuera de juego, que yo no sabía muy bien en aquel entonces en qué consistía) me convencía de que seguro que también alguno de aquellos enormes jugadores habría tenido un debut horrible con su equipo, y que eso no había impedido que ahora estuvieran donde estaban, defendiendo la camiseta de aquel invencible Athletic. Así estaba, dando vueltas en la cama, con mi mente empeñándose en no pensar en otra cosa que en qué sucedería la mañana del día siguiente, con especial regocijo en los aspectos más negativos posibles, cuando, desde la oscuridad del cuarto, me llegó la voz de mi hermano, que me preguntaba en susurros a ver si estaba dormido. Le dije que no, pero que casi. Después se hizo un silencio, y J. añadió:
- Es que estaba pensando que ojalá que mañana metas un gol.
Ahora, que lo recuerdo en la distancia, las palabras de mi hermano me suenan tan simples como cargadas de sentido. En el momento me hicieron sentir bien. Recuerdo que todos mis pensamientos negativos se disiparon, y que me dormí feliz de tenerle como hermano, de que estuviera ahí, en la cama de al lado, sin poder conciliar el sueño, deseoso como yo de que todo fuera bien al día siguiente. Recuerdo también que pensé que si metía un gol al día siguiente, al llegar a casa, le diría a J. que había sido gracias a él, a los ánimos que me había dado. Pero por el momento, sólo le dije que no se preocupara, que se durmiera, y – esto se lo decía a él intentando convencerme a la vez a mí mismo- que en realidad no era nada realmente importante, sólo un partido de barrio.
Al fin llegó el gran día.
Habitualmente nuestro entrenador decía quién iba a jugar en el último entrenamiento antes del partido, y consecuentemente repartía las camisetas. Después, nosotros las devolvíamos en el entrenamiento del martes, limpiadas en nuestras casas. Sin embargo, en esta ocasión, como el nuevo entrenador había decidido dar el equipo titular minutos antes del partido, no había sido así. Por ello, al hacer la bolsa en casa solo metí las botas y la toalla y el jabón para la ducha, convencido de que todo iría bien (si no era así, me ducharía, como casi siempre, en casa). Creo que en ese momento fue la primera vez en que eché de menos los ritos que componen la rutina de la vida, y que tan importante son a veces. Echaba en falta el doblar con cariño la camiseta blaugrana de la UDSM, antes de meterla a la bolsa, con el escudo de tal manera que se viera cuando después abriera la bolsa en el vestuario, ocultando, además, el número quince o catorce, que siempre me tocaba y que siempre me recordaba mi eterna suplencia.
Como era de esperar, el nuevo entrenador llegó tarde. Estábamos todos ya en el vestuario, temerosos de que no llegara, cuando entró, con su tradicional cigarrillo en la boca, jadeando.
- Casi no llego. Me he quedado dormido- se excusó, encorvándose y agarrándose las rodillas en señal de fatiga.
Yo miré el reloj. Eran las doce menos cinco. En cinco minutos teníamos que estar en el campo y aún no sabíamos siquiera quién iba a jugar. El entrenador sacó las camisetas de una gran bolsa y comenzó a señalarnos diciendo “tú”, ya que no sabía cómo nos llamábamos. Cuando llegó mi turno, sin embargo, me llamó por mi nombre, lo que me llenó de alegría, porque lo entendí como un buen síntoma. Me acerqué a él, nervioso, y me pasó la camiseta, hecha una bola. Me senté en el banco y la desplegué. ¡Era el número ocho! Eso significaba que iba a ser titular, además, con mi número favorito. No cabía en mí de alegría y nerviosismo. Si alguno de mis compañeros se hubiera fijado, me habría visto tan excitado como lo debe de estar el profesional antes de una final de la Copa de Europa.
Mientras nos cambiábamos, el entrenador comenzó a señalar a los titulares:
- Tú, tú, tú y tú, vais a jugar en defensa. Vosotros dos de centrales, y tú de lateral derecho. Tú de izquierdo y no subas mucho la banda, que no tienes fondo.
Así siguió hasta completar un once en el que, a pesar de mi camiseta, yo no estaba. Tampoco estaba Alberto, al que, sin embargo, le había dado el número seis.
Cuando salíamos del vestuario, temerosos de su reacción, Alberto y yo le dijimos al entrenador que nos había dado camisetas de titulares, pero que sin embargo no nos había nombrado en la alineación.
- Ya lo sé –dijo-. Sé lo que hago. Esperar aquí, calentar un poco, y luego venís al banquillo- nos respondió mientras encendía otro cigarro.
Todos salieron de la caseta, menos Alberto y yo. Alberto era un chico que destacaba entre todos nosotros por su sentido del humor. Era un compañero al que todos teníamos en estima porque nos hacía reír, siempre empeñado en hacer bromas, siempre buscando la palabra que provocara nuestras sonrisas. Justo cuando el entrenador cerró la puerta de la caseta, dijo:
- Va a calentar tu puta madre – y, enseñando el dedo corazón a la puerta que se acababa de cerrar, rompió a reír.
Yo al principio me puse un poco nervioso pensando en que le habría oído, pero la puerta no se volvió a abrir, así que pronto se me pasó y comencé a reír con él. Después, sentados en el banco, haciendo caso omiso a lo que nos había mandado el entrenador, comentamos atropelladamente que este hombre estaba poco menos que loco e intentábamos adivinar por qué nos había dado las camisetas con esos números, sin acertar siquiera a sospechar cuáles eran sus planes.
Pasados quince minutos, más o menos, oímos fuera de la caseta gritos de júbilo que entendimos por un gol, sin llegar a saber si nuestro o de los rivales. Poco después, salimos de la caseta y nos dirigimos al banquillo. En el campo el partido parecía disputado. Los del Sporting de B. al parecer estrenaban camiseta, ya que el año pasado jugaron frente a nosotros los dos partidos con un traje completamente rojo, pero esta vez vestían de blanco. Reconocí algunas caras entre ellos, de anteriores enfrentamientos, y me fijé en que esta temporada tenían a dos nuevos centrales particularmente grandes. Casi me alegré de no haber salido de titular. ¿Qué iba a hacer yo entre esas dos montañas?
No había casi gente viendo el partido. Era habitual que entre padres de jugadores y algunos jubilados que siempre venían –y que por cierto eran francamente desagradables, con sus comentarios despectivos y quejas constantes al árbitro-, se formaran en torno al campo dos o tres corros de unas veinte o treinta personas cada uno, divididos en sus simpatías por uno y otro equipo. Sin embargo, hoy no habría más de quince o veinte personas viendo el juego.
Cuando llegamos al banquillo y nos sentamos con nuestros compañeros, preguntamos cómo íbamos.
- Uno cero perdiendo –respondió el entrenador, sin dejar de mirar el partido. Acto seguido nos preguntó si habíamos calentado.
- Concienzudamente- respondió Alberto haciéndome un guiño.
- Bien –contestó el entrenador-. Gerardo quítate el chándal –me dijo.
Yo me quedé de piedra. No habían pasado ni quince minutos y ya me iba a sacar al terreno de juego. ¿Tan mal lo estaban haciendo Azibar e Iñaki en punta?
Obedecí. Dejé mi chándal en el banco, me metí la camiseta dentro del pantalón –tal y como siempre insistía nuestro entrenador habitual-, y me puse a su lado, saltando y haciendo los calentamientos. Estaba radiante de alegría por salir a jugar. No había sido titular, pero salir en el minuto quince o veinte era casi serlo.
- No, no, estate sentado hasta que yo te diga –me ordenó el nuevo mister mientras tiraba su cigarro al suelo.
En ese momento, recordé que tenía el ocho a la espalda, igual que David, que estaba en el campo. Ese hecho, sumado a la orden de mantenerme sentado en el banquillo, con el uniforme puesto, hasta que él me lo dijera me tenía desconcertado. Me senté, y me tapé las piernas con el chándal. Hacía frío.
Al de unos minutos, cerca del corner del campo donde atacábamos, un jugador del Sporting de B. hizo una fuerte entrada a Azibar, que se quedó dolorido en el suelo. El árbitro y casi todos los jugadores, nuestros y del rival, se acercaron a la zona donde se había producido el incidente, pendientes de que nada grave hubiera pasado. En ese momento, cuando todas las miradas estaban en aquella parte del campo, tan lejana al banquillo, el entrenador me hizo un gesto y me dijo:
- Sal.
Yo me quedé de piedra. ¿Cómo que saliera? ¿Así, sin más? ¿Sin sustitución ninguna?.
El entrenador, visiblemente enfadado porque yo seguía sentado, insistió:
- ¡Que salgas, coño! – dijo, haciendo un gesto con la mano como de empujarme.
No supe, o no me atreví, a decirle que no. Entrando al campo, miré aterrado a la zona donde estaban los pocos espectadores que habían acudido el partido, pensando en que alguno de ellos se percataría de mi entrada fugitiva al campo, y que consecuentemente advertiría al árbitro. Pero todos miraban hacia la zona donde Azibar se retorcía de dolor. El partido se reanudó poco después, y nadie cayó en la cuenta de que estábamos jugando con doce. La trampa, pues, funcionaba.
Pero eso no eliminaba la espantosa sensación de estar haciendo algo terrible que me acongojaba hasta el punto de que cada balón que se acercaba a mí, mi corazón estaba a punto de explotar. Además, algunos de mis compañeros sí se dieron cuenta de que había saltado ilícitamente al campo, y se dirigían a mí, cuando el árbitro no miraba, para increparme.
- ¿Pero qué demonios haces? –me decían entre susurros para que nadie más escuchara el reproche.
Yo les contestaba que estaba ahí por orden del entrenador, y que no podía hacer nada al respecto.
Así transcurrieron varios minutos. A pesar de la ilegal superioridad numérica, no conseguíamos marcar, y el partido continuaba 0 a 1. Yo intentaba quitar de mi mente los pensamientos que me decían que no debía estar en el campo y, cuando el balón me llegaba, procuraba hacerlo lo mejor posible. Al mismo tiempo, me alejaba en la medida de lo posible de David, ya que él tenía el mismo número en la camiseta que yo, y si el árbitro nos veía juntos, caería en que estábamos haciendo trampas.
Cuando faltaba ya poco para terminar el primer tiempo, Azibar recibió un balón de espaldas a la portería, Lo controló perfectamente, a pesar de la presencia de dos defensas, y me lo pasó a mí. Yo estaba al borde del área. Paré el balón y levanté la cabeza hacia la parte derecha del campo, esperando que el interior derecho se ofreciera para recibir en banda. Vi que allí llegaba un compañero y le pasé la bola. Cuando éste la recibió me quedé pálido. ¡Era Alberto!
¡Si no había habido cambios! Eso quería decir que estábamos jugando ya trece contra once. ¿Cuándo había saltado al campo? Como en mi caso, nadie se percató de ello, nadie se dio cuenta de que nuestro entrenador había introducido un nuevo jugador sin sustituir a nadie.
Alberto recogió el balón, y lo colgó al área. Allí, Azibar, que había comenzado la jugada, remató con la punta de la bota ante la presencia de dos defensas, el balón superó al portero, y entró lentamente en la portería.
Empate a uno. La alegría del momento hizo que por unos instantes me olvidara de que habíamos empatado de manera fraudulenta y, feliz por haber participado en la jugada del gol, corrí a abrazarme a mis compañeros. Regresamos a nuestro campo contentos, felicitándonos unos a otros por la gran jugada que habíamos trenzado.
Fue cuando el Sporting de B. se disponía a sacar de centro que uno de sus jugadores empezó a gritar.
- ¡Ehhh!, ¡Ehhh! ¡Que son más! –y nos señalaba a todos con la mano.
Al parecer, estado todos en nuestro campo, la trampa se hacía patente. Otros jugadores se sumaron a la protesta. El árbitro, que era un chico de unos veinte años, instigado por los jugadores del Sporting de B., empezó a contarnos. Uno, dos, tres… Hubiera dado cualquier cosa por no estar ahí en ese momento. Miré al banquillo buscando la mirada de mi entrenador, un gesto de apoyo, lo que sea, pero él encendía otro cigarro, uno más, y su cara estaba tapada con la mano que evitaba que el mechero se apagara por el viento.
- … diez, once, doce, ¡Trece!, ¿Pero qué es esto? –preguntó el árbitro.
Todos callábamos. Ante nuestro silencio, se dirigió a nuestro entrenador, mientras el del Sporting de B. protestaba airadamente. Entonces, nuestro entrenador, haciendo caso omiso al árbitro, al que no dedicó siquiera una mirada, empezó a gritarnos a Alberto y a mí que qué demonios hacíamos en el campo, cuando él nos había mandado calentar. Hacía gestos al cielo, teatralizaba cada movimiento, y a mí me dio la sensación que en más de un momento estuvo a punto de echarse a reír.
En medio de la bronca, Alberto y yo salimos del campo y nos sentamos de nuevo en el banquillo. Nuestro entrenador discutía ahora con el de los rivales y con el árbitro diciendo que, en todo caso, el gol era legal, porque el error había sido, textualmente, “de estos putos niños”, y nos señalaba.
Yo estaba a punto de echarme a llorar, y empezaba a odiar a aquel hombre que nos utilizaba de aquella manera. Tan lejana estaba ya la simpática imagen que días antes, me había hecho de él cuando me concedió un protagonismo en el equipo que nunca antes había tenido. Finalmente, el entrenador rival y el árbitro accedieron a que el gol fuera legal, probablemente porque nuestro entrenador gritaba más que ellos.
- Pero a la próxima suspendo el partido –advirtió el de negro.
El juego se reanudó. Nuestro entrenador se sentó por un momento en el banquillo, entre Alberto y yo. Nos dijo:
- Bien, bien. Lo habéis hecho muy bien. Este partido no se nos escapa.
El descanso llegó con el empate a uno. Al contrario que en otras ocasiones, no hubo charla. Nuestro entrenador se limitó a dibujar muñecotes en la pizarra que simulaba el campo, incluyendo uno ahorcado al que añadió las palabras “hoy tú de negro, mañana tu familia”.
- Ya vais a ver cuando el árbitro vea esto –nos dijo-. Pienso sacar la pizarra al pasillo después del partido –y rompió a reír. Rió él solo porque a nosotros el chiste no nos hizo gracia ninguna. Estábamos pensando en el feo asunto de la trampa.
La segunda parte comenzó de la peor manera para nosotros. No dábamos una, y el Sporting no sólo se adelantó en el marcadore nada más reanudarse el juego, sino que se nos marcó un tercero en la siguiente jugada. Los minutos pasaban y no conseguíamos acercarnos con peligro a su portería. Nuestro entrenador protestaba en alto cada jugada, gritaba a Azibar constantemente, diciéndole que no fuera tan vago y que corriera, recriminándole no llegar a balones a los que ni el mismísimo Steve Archibald habría llegado. Encendió un cigarro tras otro, mostrándose ostensiblemente nervioso. Se diría que le iba la vida en la victoria, a pesar de que, como bien había demostrado, nosotros se la traíamos al pairo.
Cuando faltaban unos quince minutos para el final, mandó calentar a Alberto y a otro compañero del que, a pesar de que mantengo una viva imagen, por lo alto que era y su pelo extremadamente rubio, no consigo recordar el nombre. Después, mandó acercarse a Miguel, que jugaba de lateral derecho. Le susurró unas palabras al oído, que no pude oír, pero que temí terriblemente, por la cara que ponía mi compañero. Tras ello, se dio la vuelta y me dijo:
- Gerardo, quítate el chándal, y cuando te haga un gesto, sales al campo.
Yo no me lo podía creer. ¿No había tenido suficiente que quería repetir la trampa? ¿O de verdad me iba a sacar al campo legalmente? No, legalmente no podía ser, porque yo seguía teniendo la camiseta con el número ocho. ¿Y por qué me volvía a elegir a mí de entre todos los que estábamos en el banquillo?
Miguel se alejó a la otra punta del campo, lo más lejos de los banquillos. En cuanto cogió el primer balón y un jugador del Sporting de B. se le acercó, se tiró descaradamente al suelo, fingiendo que se había llevado un golpe y gritando de un modo que resultaba francamente exagerado. Cuando, de nuevo todas las miradas estaban en otro lugar, mi entrenador me ordenó que saliera.
- No –respondí temerosamente. Si la palabra hubiera tenido más sílabas, sin duda alguna habría tartamudeado.
Él se giró y me dirigió una mirada que me congeló la sangre.
- ¿Qué? –preguntó incrédulo.
- Que no salgo –le dije más temerosamente aún que en la primera negativa.
Mi respuesta hizo que se encendiera. Me cogió del brazo, hasta hacerme daño, y me dijo que saliera, aliñando la frase con varios tacos que no voy a repetir ahora.
- Y tú también, con él –añadió señalando a Gabriel, que estaba en el banquillo.
Aterrorizados, ambos obedecimos y salimos a jugar, sin que, de nuevo nadie se percatara de ello.
Pero esta vez la trampa no duró mucho. En el siguiente corner que tuvimos a favor, el entrenador nos mandó subir a todos al remate, y nuestra superioridad numérica se hizo evidente. Los jugadores del Sporting no tardaron en reaccionar protestando, y el árbitro paró de nuevo el partido. Nos contó a los trece, uno a uno, y, dadas las protestas del entrenador rival y que el nuestro se puso hecho una furia y a gritarnos a nosotros, comenzando de nuevo la escenificación del primer tiempo, decidió dar el partido por terminado.
- ¡Todos a la caseta! –gritó, como el policía grita eso de “todos a comisaría”.
En el vestuario nuestro entrenador estaba visiblemente enfadado. Mascullaba entre dientes y tachaba con rabia los muñecos que en el descanso había dibujado en la pizarra, ensañándose especialmente con el que representaba al árbitro.
Yo cogí mis cosas rápidamente, me cambié las botas por zapatillas y me dispuse a irme. Me despedí en alto de todos y abrí la puerta del vestuario. En ese momento, el entrenador me llamó. Me giré y me dijo, en alto, para que todos lo oyeran, que si habíamos perdido fue por mi culpa, por no saber pasar desapercibido. No contesté. Sonreí, porque Alberto hacía muecas a la espalda del entrenador y me fui.
El lunes, Miguel llevó a clase la página del periódico local en la que, donde debería de figurar el resultado de nuestro partido ponía “SUSPENDIDO”. Recuerdo que en aquel momento pensé en lo ambiguo de la palabra. “Suspendido” podía ser que había llovido a cántaros y los charcos que se solían formar en nuestro campo habían devenido mares. “Suspendido” podía querer decir que varios de nosotros teníamos gripe y no podíamos acudir a jugar. “Suspendido” podía decir muchas cosas. Por ello, cogí la hoja del periódico que había llevado a clase Miguel, y con bolígrafo rojo añadí “…por tramposos”, y todos reímos después recordando lo mal que nos lo hizo pasar el impresentable de nuestro nuevo entrenador. Mientras hacíamos bromas a su costa, alguien recordó que aún no sabíamos ni su nombre.
- Ojalá nunca lo sepamos –añadió Miguel.
Efectivamente, nunca lo supimos. Lo sucedido en nuestro partido llegó a los oídos del presidente de la UDSM (probablemente fue la primera vez que tuvo noticia de un partido nuestro) y al parecer “cesaron” a nuestro nuevo entrenador fulminantemente. El siguiente entreno lo dirigió el padre de uno de nuestros compañeros y, el del jueves siguiente, nuestro habitual entrenador, que había regresado antes de lo previsto de Barcelona.
Todos lo recibimos rebosantes de alegría. Le preguntamos por su sobrino, pero se negó en rotundo a decir nada, sólo que sentía lo ocurrido.
Nunca más volví a saber de nuestro nuevo y fugaz entrenador. Una vez, muchos, muchos, años después, creí reconocer su imagen una noche en la que acudí a un garito de mala muerte a ver un concierto. Ahí estaba, apoyado en la pared, con su eterno cigarro, con su pose de malote de película. Pero quien se parecía tanto a él, me dijo que jamás entrenó a un equipo de niños. Le conté mi historia, se rió, y me dijo que probablemente él habría hecho las mismas trampas que aquel del que le hablaba.
- Debe estar escrito en el alma de rockero –le dije, y levanté mi vaso para brindar por la memoria del que fuera mi “nuevo entrenador”.
Secciones: El Fútbol y yo
« ¿Ridículo?¿Hecatombe?¿Desastre nacional? | Fins aviat, Pep »

(4.6, 11 votos)



RSS







#1 david dijo,
16 Noviembre 2006 1:17 pm
Me ha gustado mucho.. Vaya pájaro de entrenador..espero que mi hijo si juega no se encuentre a uno asi..
Por lo demas, yo creo que no hubiese saltado al campo; soy un romantico
#2 cone1899 dijo,
16 Noviembre 2006 1:17 pm
Muy bueno el texto pero deberías fijarte en algunos detalles de la historia.
Cuando salisteis de la caseta la primera vez perdíais 0-1 y luego dices que os adelantasteis en el marcador.
No sé si será real o no lo que cuentas, tampoco es importante, pero es un fallo que hace la historia un poco menos “creible”.
Aún así lo importante es lo de las trampas y eso es cojonudo.
Saludos.
#3 Dadan Narval dijo,
16 Noviembre 2006 2:10 pm
cone 1899,
Gracias por la corrección. Es cierto que me había equivocado, y gracias a tu comentaro, lo he corregido. Como dices, lo menos importante es si ocurrió.
Un salduo y muchas gracias. Lo mejor que le puede pasar a alguien que escribe es tener lectores atentos.
#4 cone1899 dijo,
16 Noviembre 2006 2:46 pm
@Dadan,
que menos que estar atento a lo que uno lee, y si encuentra errores menores hacerselo saber al autor para conseguir un mejor texto.
Enhorabuena por todas las entregas y espero la próxima.
Saludos
#5 Ikke Leonhardt dijo,
16 Noviembre 2006 3:22 pm
Muy bueno, Sr. Narval.
Hay otro pequeño fallo sobre el resultado. En un momento dado dice vd.:
“La ilegal superioridad numérica de la que disfrutábamos no nos daba ventaja en el marcador, y el partido continuaba empate a cero.”
Cuando en teoría en ese momento el resultado era 0-1.
#6 NIPO dijo,
16 Noviembre 2006 6:59 pm
Joder k entrenador mas curioso, como se dice, el hombre es el único que cae dos veces en la misma piedra.
K tio!
Por cierto, Dadan, en esa época, tu cuantos años tenias?
#7 Ali Dia dijo,
16 Noviembre 2006 11:21 pm
buenisimo. oye, cada historia es mejor si cabe que la anterior. recuerdo un libro que lei hace tiempo que se llamaba “cuentos de futbol”, y eran una serie de relatos cortos de distintos escritores de mucho prestigio (creo que estaban borges, valdano y gente buena). el que mas recuerdo era uno estupendo de valdano que se titulaba “creo vieja que tu hijo la cago”. los tuyos no tienen nada que envidiar. enhorabuena
#8 Dadan Narval dijo,
17 Noviembre 2006 10:10 am
Ikke Leonhardt: gracias por la corrección. Los fallos en el resultado de este cuento han sido como lo de las fichas de dominó.
NIPO, el cuento es una invención, por lo que no te puedo responder a tu pregunta. No obstante, el protagonista tiene, en ese momento, unos 10 años.
Ali Dia, gracias por el comentario. Conozco el libro. Por cierto, gran nick el tuyo ; )
#9 Jorgin90 dijo,
17 Noviembre 2006 11:58 pm
Gran entreda de esta saga, ya me hacia falta, vaya pedazo de entrenador que resulto ser el tio, muy buena entrega Dadan.
#10 NIPO dijo,
19 Noviembre 2006 3:58 pm
SE me ha metido tanto en el papel que pensabaque la historia era real, presentas tantos detalles k uno se imagina que es tu historia… Deberias sacar un libro con esta serie de relatos, a ver si lo acabas llevando lejos y pudes editar un libro cuco.
#11 El fútbol y yo (V): la visita a San Mamés (1) » Diarios de Futbol dijo,
2 Enero 2007 2:32 pm
[…] Entrega anterior: El fútbol y yo (IV): trampas […]