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“Hay dos placeres en el juego: el de ganar y el de perder” (Proverbio chino)


El fútbol y yo (III): el nuevo entrenador

entreno.jpg En cierta ocasión, nuestro entrenador nos dejó por un tiempo. Al parecer, trabajaba en una fábrica arreglando los problemas de cierta máquina, y le mandaron un mes a Barcelona, ya que, como nos explicó, él era el mejor experto de toda España en ese modelo. Nos dijo que no nos preocupáramos, que nos dejaría en buenas manos. Durante el tiempo que estuviera fuera, sería su sobrino quien se ocupara de nosotros.

- Sólo espero que cuando regrese sigamos optando al título – dijo en broma, ya que según las tablas que publicaba el periódico local, estábamos en décima posición, a una distancia insalvable de los primeros.

Durante los dos días que había entre entrenamiento y entrenamiento, yo me construí mi particular historia, imaginando que la prensa daba la noticia del fulminante cese del entrenador de la UDSM, debido a los malos resultados. “Un equipo que quiere aspirar al título no puede conformarse con una mediocre décima posición” decía la noticia en mi mente. “Además, el entrenador ha insistido en mantener en el banquillo a la estrella local, Gerardo, muy a pesar de la opinión de la grada, que cada partido protestaba por la no presencia de éste en las alineaciones titulares”. En mi imaginado mundo del fútbol, nuestro nuevo entrenador sería extranjero, un yugoslavo de reconocida fama, que llegaba una UDSM en crisis, para salvar lo que queda de temporada.

A través de esta fantasía, me convencía a mí mismo de que el cambio temporal de entrenador, que en realidad me entristecía, era una oportunidad para empezar de cero. Quizá nuestro entrenador no había hablado a su sobrino de mis repetidas desastrosas actuaciones, y consiguiera que éste se hiciera en los entrenamientos una buena imagen de mí.

La mañana del primer entrenamiento con el nuevo mister, hice la bolsa con particular ilusión. Dejé todo ordenado, e incluso di betún a las botas, para que parecieran más nuevas. Durante las horas de clase, como casi siempre, no pude concentrarme más que en la gran cita de la tarde. La noticia seguía desarrollándose en mi mente: “Hoy primer entrenamiento del nuevo mister de la UDSM, el reconocido entrenador yugoslavo Jovan Milovanovic. La gran estrella del equipo blaugrana, Gerardo, ha declarado que el equipo se encuentra unido y con ganas de demostrar que pueden cambiar la situación en la tabla”.

Quince minutos antes de que comenzara el entrenamiento, yo ya estaba sobre el campo. Me había cambiado antes que mis compañeros, con la esperanza de que al verme el primero sobre el campo, nuestro nuevo entrenador se diera cuenta de las ganas que tenía de jugar, de mi implicación con el equipo. Allí, sólo, mientras mis compañeros estaban aún en el vestuario, decidí comenzar a hacer calentamientos, y, después, dar unas cuantas vueltas corriendo al campo. Si el nuevo mister llegaba y me veía así, de seguro que se llevaba la mejor impresión de mí. Mientras corría, oteaba continuamente a la entrada de vestuarios y a los alrededores del campo, a ver si conseguía descubrir quién de quienes por ahí rondaban era el nuevo entrenador. Así seguí, durante veinte interminables minutos, corriendo y vigilando, hasta que, finalmente, mis compañeros salieron del vestuario. Medio frustrado porque mi estrategia no había surtido efecto, medio contento por poder dejar de correr –estaba agotado-, me acerqué a ellos. Comentaban, extrañados, que el nuevo mister aún no había llegado.

Era algo inhabitual. Nuestro entrenador siempre llegaba antes que nosotros al campo, y disponía todo para el entrenamiento. Para cuando nosotros nos habíamos cambiado, él llevaba ya rato sobre el terreno de juego y había dispuesto los balones, conos, porterías pequeñas y demás parafernalia en torno a la cual organizaba el entreno. Siempre había sido así, y nuestra rutina nos indicaba que así debía ser. Por eso, nuestro ánimo se debatía entre la indignación y la preocupación. ¿Le habría sucedido algo o simplemente pasaba de nosotros? Los niños no están hechos para la espera, y, al poco tiempo, uno de nosotros respondió a nuestra impaciencia sacando uno de los balones de la caseta de vestuarios. Esto es algo que nuestro mister nos tenía terminantemente prohibido. Los balones tenían una tendencia extraña a extraviarse y aparecer después en casas ajenas, nos explicó, y por ello, sólo él podía cogerlos de donde estaban almacenados. Pero en esta ocasión la impaciencia nos pudo, y todos estábamos contentos de que uno de nosotros se atreviera a romper, por una vez, la regla establecida. Al fin y al cabo, no éramos nosotros los primeros que nos saltábamos una norma aquella tarde.

Improvisamos dos equipos, y comenzamos a jugar un partidillo a lo ancho del campo. Como en el patio del colegio, ahí estábamos todos gritando y corriendo caóticamente tras el balón; uno de esos partidos que, en definitiva, a mí me encantaban. No habíamos abierto aún el marcador, cuando, de repente, nos detuvimos, al oír un estruendoso silbido, al que le siguió esta frase, entonada con el tono de quien está a punto de echarse a reír:

- Así que vosotros sois la panda de “mataos”, ¿eh?

Nos giramos todos a la vez. Ante nosotros había un chico que no debía de tener más de veinte años. Vestía con chaqueta de cuero, con los cuellos levantados, y fumaba un cigarro. Nos dedicó una mirada a mitad de camino entre el desprecio y la burla y añadió:

- ¡Pues sí que estamos jodidos!- y prorrumpió en una carcajada tremenda. Escupió al suelo el cigarro y añadió, dibujando un círculo en el aire con el dedo índice de su mano derecha:

- ¡Hala!, veinte vueltas al campo, que estáis hechos unos mierdas.

Todos obedecimos. Yo estaba aterrado. Nuestro entrenador de siempre era un hombre simpático, que habitualmente nos hacía reír y que siempre era amable en el trato. Pero éste, éste era un monstruo que nada más llegar había mostrado un total desprecio por nosotros. ¡Ni siquiera nos había dicho su nombre!

Generalmente -menos los días que llovía, cuando era casi obligado mirar al suelo para que la lluvia que se acumulaba en el pelo no se deslizara directamente por la cara-, mientras dábamos vueltas al campo, hablábamos de nuestras cosas. El entrenador nos mandaba callar, diciendo que quien corre y habla poco deportista es, pero lo hacía de modo cariñoso, a sabiendas, además, de que no le haríamos demasiado caso. Así, en esas carreras al trote que hacíamos en torno al campo eran cuando uno conocía a sus compañeros. El que era bromista, dejaba relucir su espíritu en esas ocasiones, y los que nos gustaba seguir el fútbol por televisión, comentábamos en esos momentos los goles de nuestros ídolos, o las decisiones arbitrales polémicas del pasado domingo o miércoles.

Esta vez, sin embargo, había un silencio atroz en el grupo. Uno de esos silencios que indican en las películas que algo no va bien. Las pisadas en la arena se dejaban oír, y sólo algunos se atrevían a intentar romper la tensión del momento con alguna mirada burlesca, que era respondida por una carcajada ahogada de algún otro. Yo temía que el nuevo mister oyera que alguien se estaba burlando, y que sacara una navaja o algo así, o se liara a puñetazos con todos nosotros. Tal era la imagen que de él había creado mi infantil mente.

Al fin, uno de nosotros se dio cuenta de que el entrenador no estaba en el campo.

- ¡Se ha pirado! – gritó. Paramos de correr y todos comenzamos a comentar en alto que ese tío estaba loco y que cómo pasaba de nosotros para irse a mitad de entrenamiento. Algunos incluso insinuaron que seguro que ese no era el nuevo entrenador, y que era alguien que se había reído a nuestra costa.

Qué hacer era ahora la cuestión. Unos abogaban por irnos todos a casa y no volver hasta que regresara nuestro entrenador habitual, o, tal vez quejarnos a nuestros padres. Otros decían que lo mejor era seguir corriendo, no fuera a ser que regresara y nos pegara o algo peor –yo me incluía entre estos, aunque no participé de la discusión-. Otros querían rescatar el balón del vestuario y continuar nuestro partido.

Nos encontrábamos dilucidando esta cuestión, cuando Gabriel, un compañero que se había subido al techo de la caseta del vestuario para ver fuera de la valla que delimitaba el campo, empezó a hacernos gestos de que el nuevo entrenador volvía. Después saltó de la caseta y continuó con las vueltas al campo. Cuando estuvo a nuestra altura, todos nos unimos a él.
El nuevo mister se puso en el centro del campo, y nos llamó con un silbido y con un gesto con la mano. Dejamos la carrera, y nos acercamos a él. Mientras llegábamos, encendió un cigarro, en una pose ensayada, como de malo de película. Cuando estuvimos a su altura, nos miró durante un rato, con una sonrisa burlona, y finalmente, nos preguntó a ver si nos creíamos que él era tonto. Dijo que sabía que habíamos parado de correr mientras él se había ido a por tabaco, y que, por eso, nos castigaba con diez vueltas más al campo.

No le discutimos. Nadie se atrevió a hacerlo. Además, quizá por miedo, el ritmo con el que comenzamos a correr en torno al campo, era muy fuerte. Yo, que de por mí ya era de los más débiles físicamente del grupo, comencé a sentir que no podía más. Había corrido durante veinte minutos antes del entrenamiento, y mi cuerpo me decía basta. Muy a pesar mío, poco a poco, comencé a quedarme rezagado. Intenté con toda mi alma seguir a mis compañeros, pero no podía. Después, traté de mantener la distancia, que no se ampliara demasiado. Imposible. Al poco, me rendí a que mis compañeros me doblaran, para intentar, habiendo recuperado parte de mis fuerzas, seguir su ritmo, confiando, por otro lado, en que en nuevo mister no me hiciera recuperar la vuelta perdida después, yo solo.

Sin embargo, estaba roto. Ni siquiera pude unirme al grupo cuando éste me dobló. Hubo un momento en que creía que podría, pero no. Como el soldado que se entrega al fatal destino que le espera, resignado a lo peor, dejé de correr y seguí andando. Mis compañeros me doblaron otras dos veces, antes de terminar las vueltas ordenadas. Yo dudé. No sabía si retirarme con ellos o dar yo solo las tres vueltas que me faltaban para llegar al número que el nuevo entrenador había impuesto. Decidí seguir, y así lo hice, andando alrededor del campo. Cada cierto tiempo, intentaba retomar la carrera. Lo hacía durante unos segundos, pero de nuevo mi cuerpo, a través de un pinchazo en el costado derecho, me decía que no siguiera.

Seguí en esta dinámica hasta que, al de un rato, me di cuenta de que todo el grupo, que estaba en el centro del campo, rodeando al entrenador, me miraba. El mister estaba diciendo algo señalándome, y mis compañeros se reían. Me sentí humillado. Dejé definitivamente de correr. No sabía qué hacer. ¿Ir hacia ellos? ¿Intentar seguir corriendo? ¿Marcharme?
Opté por esta última opción., Como suelen decir los periodistas, enfilé el túnel de vestuarios. Mientras me iba, el entrenador me llamaba. Alguno de mis compañeros le habría dicho cuál era mi nombre. Hice caso omiso, sin siquiera dedicarle una mirada y seguí hacia la caseta. Vivía muy cerca de donde nos entrenábamos, así que casi siempre me duchaba en casa. Aquella tarde tenía pensado hacerlo en el campo, para no perderme las impresiones de mis compañeros sobre el nuevo entrenador, pero ya no tenía ganas de permanecer allí por más tiempo. Así que me puse el chándal, cogí la bolsa y salí de nuevo del vestuario.
En la puerta, esperándome, estaba el nuevo entrenador, encendiendo otro nuevo cigarro. Me detuvo con su mano en mi hombro.
- ¿Pero qué te pasa, chico? – me dijo en un tono suave, que me sorprendió, sonriendo, como si nada hubiera pasado, con los brazos abiertos en señal de reconciliación- No decíamos nada malo de ti… -añadió.

Yo respiraba fuerte. Estaba nervioso. Dudaba sobre qué decirle, sobre cómo reaccionaría si me enfrentaba a él, sobre si me marginaría todo el mes por lo ocurrido. Dudaba incluso de ir a los entrenamientos durante el mes que nuestro entrenador estaría ausente. Al fin, me armé de fuerzas y dije, sin mirarle a la cara, con la mirada fija en el suelo:

- De mí no se ríe nadie -, y dándole la espalda me fui.

Él no dijo nada.

Durante todo el camino a casa estuve a punto de echarme a llorar. Pensaba en mis ilusiones en torno a que nos entrenara alguien nuevo, que se hiciera una imagen distinta de mí, y en cómo había resultado todo. Estaba claro que al nuevo entrenador le importábamos bien poco y, además, que no contaría conmigo para nada. Haberme enfrentado a él era firmar mi sentencia de muerte en el equipo. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¿Callarme y seguir entrenando después de que se hubiera reído de mí? Tal era mi estado de ánimo, que ni siquiera tenía ganas de construirme una historia sobre el hecho, no sé, de pensar que el nuevo entrenador yugoslavo me había apartado del equipo por discrepancias, tal y como había leído que le había sucedido a un jugador muy famoso hacía unas semanas.

Sin embargo, a veces la vida le depara a uno sorpresas inimaginables. Yo ya había tomado la decisión de no ir más a entrenar hasta que regresara nuestro entrenador habitual, cuando, al día siguiente, en el recreo de clase se acercó a mí uno de los compañeros del equipo. Me contó que el día anterior tras el entreno, en los vestuarios, el nuevo entrenador me puso a los demás como ejemplo a seguir. Había dicho que yo era el único que había demostrado cierto carácter, al rebelarme ante él. Dijo que nos había castigado a dar más vueltas con la esperanza de que alguno de nosotros dijera que no corría, y así el poder ver quién tenía carácter ganador. Mientras mi compañero me contaba todo esto, yo no podía esconder mi sonrisa. Creo que fue la primera vez que alguien hablaba así de mí, y eso me llenaba de orgullo.

Al siguiente entreno fui de nuevo con ganas renovadas. Al salir al campo, allí estaba el nuevo entrenador –esta vez no llegó tarde-, con balones dispuestos para jugar, después, según nos prometió, de sólo un pequeño calentamiento.

- Hoy no corremos –añadió sonriendo-, no vaya a ser que Gerardo decida marcharse otra vez – y me hizo un guiño.

Después, rompió a reír. Mis compañeros, al pasar a mi lado me palmeaban la espalda. “Rebelde”, me decían. Yo miraba al nuevo entrenador, sonriendo también. Sentía que, a pesar de su siempre presente cigarro en la boca, esa imagen de macarra barato y de que, probablemente, pasaba de nosotros, le estaba cogiendo cariño. Al fin y al cabo, me había dado un protagonismo que nunca había tenido en el tiempo que llevaba en la UDSM.

Sin embargo, ay, aquella buena imagen que comenzaba a hacerme de él desaparecía poco después definitivamente. No hubo que esperar mucho. Fue en el primer partido, y último, que nos dirigió.

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Secciones: El Fútbol y yo

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11 Comentarios »

  1. #1  patrick everet  dijo,

    25 Octubre 2006 1:07 pm

    Un único partido?? Pq??

    Buena historia!!

    Un saludo!

  2. #2  Davor  dijo,

    25 Octubre 2006 1:09 pm

    Solo le veo un problema a esta historia…
    Quiero saber ya que pasa despues!!!

    Enhorabuena de nuevo, Dadan

  3. #3  Toni  dijo,

    25 Octubre 2006 2:15 pm

    Excelente. A ver que sucede ahora… ;)

  4. #4  Antihéroe  dijo,

    25 Octubre 2006 3:21 pm

    Engancha, engancha es como la peli de Goal!

  5. #5  R1Molano  dijo,

    25 Octubre 2006 4:20 pm

    Aunque reconozco que al principio no me gusto mucho, me parecia un poco aburrido, ahora me encanta y me has enganxado.
    Yo soy portero asi que esperar que el balon no se acerque en los partidos es lo mas “sensato”.
    Yo sigo jugando, este año comenze en regionles, aunque lo de calentar banquillo se lo que es por desgracia
    sigue asi Dadan ;)

  6. #6  Xals  dijo,

    25 Octubre 2006 4:48 pm

    A ver que liará este entrenador…Por el final de la entrada, deduzo que Gerardo seguirá sin marcar en el próximo partido…

    Excelente, como siempre, Dadan.

  7. #7  NIPO  dijo,

    25 Octubre 2006 6:48 pm

    De verdad, juro que yo me siento muy identificado con tus relatos, me veo a mí hace pocos años…

    También me he revelado varias veces, y una vez que me negé a jugar por haberme tenido 30 min. calentando, cuando quedaban 5 me llamó y en el camino que había desde donde estaba yo a su posicióin para entrar, me di cuenta de que ya no tenía ganas de jugar, prefería pegarle las patadas a mi entrenador que a los rivales.

    Pasé por delante suya y con un seco adios me fui al vestuario. Desde entonces mejoró su relación conmigo… aunque para m siguió siendo el cabron de tos los días

  8. #8  yennifer  dijo,

    25 Octubre 2006 7:10 pm

    me encanta como son en espesial mia yo les quiero decir que soy fas de ustedes y quiero que hagan una cancion com mi nombre yennifer yo se que es en mis sueños pero higual quien save si se cumple bueno chao y pienselo besos

  9. #9  Un_culé  dijo,

    25 Octubre 2006 7:55 pm

    Yo siempre procuro hablar en el campo. Una vez me pasó lo mismito que a Nipo#7, solo que entré esos 5 minutos dispuesto a morir por jugar bien y marqué el gol de la sentencia. Lo de picarme con el entrenador no me va jeje.

    Y lo de correr más de la cuenta también es algo mío, de hecho suelo pedir algún tipo de planning para mejorar fisicamente. ¿O os creeis que lo inventó Ronaldinho? Jajajaja.

    Muy buena la historia.

  10. #10  Le tissier  dijo,

    25 Octubre 2006 8:52 pm

    Ja! Grandísimo comentario yennifer, no podría estar más de acuerdo.
    Qué bueno el relato, cuántas sensaciones comparto, supongo que como muchos. Yo ricé el rizo en mis aspiraciones como estrella del fútbol. Las dos veces que me presenté a pruebas en equipos más o menos serios (No de amigos, claro) me lesioné en sendos abductores. A mí la presión no me podía, me rompía literalmente. Por eso es una alegría
    leer estas líneas, estas confesiones. Veo que hay más gente que se desesperaba como yo. Que te guste tanto el fútbol y que te ocurra eso es muy frustrante cuando eres pequeño, con tu cabeza generando constantemente partidazos tuyos en la mente.
    Pero, qué cojones, cómo me lo pasaba jugando en los patios o en los parques, después de todo, allí todos somos brasileños…

  11. #11  natxo  dijo,

    26 Octubre 2006 9:47 pm

    Buf, yo he pasado por algo similar, pero en todo: calentar banquillo, pensar que un nuevo entrenador da una nueva oportunidad, sentirse humillado, marcharse por orgullo…

    Si, creo q tienes un lector mas ;)

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