El fútbol y yo (II): los entrenamientos con la UDSM
Los entrenamientos con la UDSM tenían para mí algo de oficial, algo de serio que me impedía jugar como sabía. Tampoco es que supiera darle bien al balón, ni que tuviera velocidad o regate, no, no tenía ningún tipo de característica que me hiciera resaltar, aún mínimamente, sobre el resto. Pero yo notaba que cuando me tocaba entrenar no jugaba como en los recreos de clase, ni como cuando un grupo de amigos nos juntábamos en el campo de la parte alta del pueblo, y nos enfrentábamos a los chicos de otros barrios. Entonces, al menos, mis amigos no me miraban con los ojos de medio desprecio, medio pena, con los que mis compañeros observaban cómo en los entrenamientos fallaba cada mínima oportunidad, erraba cada tiro.
En los partidos con los amigos no. Ahí, de vez en cuando marcaba un golazo de vaselina, o estrellaba un terrible disparo en toda la cruceta. En esos partidos, a veces, me salía un regate que no sabía acertar cómo lo había hecho y que sería incapaz de repetir, que provocaba los aplausos de mis amigos. En esos partidos, en fin, me lo pasaba en grande y quizá por ello, jugaba, alguna vez, incluso bien.
Pero los entrenamientos se me atascaban. Como he dicho, era ese algo de oficialidad que inundaba todo en ellos, lo que hacía que me pusiera nervioso. En los entrenamientos, el mister nos observaba, y a partir de lo que hiciéramos, tomaría la decisión de si jugábamos el siguiente sábado o no. El saber que de mí dependía jugar con la camiseta de la UDSM, se calvaba en mi alma como una espina, con tal intensidad, que sentía que cada balón que me llegaba era un nuevo y terrible examen.
Acudía a los entrenos con la misma concentración con la que los jugadores profesionales saltan al campo, convencido de mis posibilidades de hacerlo bien, pero bastaba un solo primer error para que toda mi fuerza de voluntad se desplomara, como un castillo de cartas con el mínimo viento. Día sí y otro también, se repetía la dinámica. Desde la mañana misma, me juraba a mí mismo que esa tarde sería diferente. Preparaba la bolsa con mimo, ordenaba cada cosa en ella como si de aquel orden dependiera el resultado del entrenamiento. Pero una vez de regreso en casa, mientras limpiaba las botas como bien nos había enseñado nuestro entrenador, cada tarde, me preguntaba qué había fallado. Repasaba cada jugada, y mi mente fantaseaba con qué habría pasado si hubiera metido aquel gol, si hubiera conseguido mandar bien aquel pase y, finalmente, me juraba, sin creérmelo realmente, que en el próximo entreno todo cambiaría.
Los días de partido era aún peor. Nunca jugaba. Sólo, muy de vez en cuando, lo que se llama “los minutos de la basura”, es decir, aquellos en los que es imposible ya perder un partido o remontarlo. Pero cada vez que mi entrenador me mandaba calentar en la banda, y, sobre todo, cada vez que me llamaba para entrar en el campo, era para mí, una puerta abierta a la posibilidad de que todo cambiara de una vez por todas.
Cuando eso sucedía, me decía a mí mismo que todo iría bien. Me lo repetía mil veces, como intentando convencerme a mí mismo, sin darme cuenta de que lo que hacía era ponerme aún más nervioso de lo que ya estaba. Miraba a la grada, y sonreía a mi padre, o a mis hermanos, con un gesto mezcla de inmensa alegría e inaguantable nerviosismo. Me daba igual que el partido estuviera perdido o ganado. Si entraba en el campo y perdíamos, habríamos perdido “nosotros”, y si ganábamos, la victoria sería en parte mía.
El momento más tenso era cuando el entrenador llamaba al sustituido, y me daba una palmada en la espalda.
- Ánimo, Gerardo- me decía- demuestra lo que sabes-. Y yo, aunque sabía que mi entrenador era perfectamente consciente de mi total limitación con el balón, pensaba que realmente confiaba en mí y que, por tanto, de lo que hiciera en el campo dependía que en el próximo partido saliera como titular, que en mí estaba el que en el próximo domingo mis compañeros quisieran que también jugara.
Pero una vez en el campo, ya no sabía qué hacer. No sabía cuándo acercarme a la jugada, cuándo desmarcarme a un espacio vacío. No sabía si debía entrar al suelo o mantener la posición; tampoco qué lugar ocupar en un corner, ni hacia donde correr cuando el balón era despejado. No me atrevía a entrar al choque en un balón dividido, ni a parar el juego cuando tenía que ser parado. Cada vez que el balón se acercaba a mí, mi corazón daba un vuelco, y me temo que muy a pesar mío, me limitaba a quitármelo de encima en cuanto tenía oportunidad.
Así, cuando no tenía el balón en mis pies, soñaba con tenerlo. Pero cuando llegaba, lo temía. Esta dinámica se repetía una y otra vez. Mis compañeros evitaban pasarme –era evidente-, pero de vez en cuando me llegaba un balón. Corría a él insuflándome ánimos que, en cuanto lo tenía ya cerca, se convertían en un vuelco al corazón.
Años después, viendo un partido en San Mamés con mi abuelo, un señor que se sentaba al lado mío gritó hacia el campo que no pasaran el balón a determinado jugador, que “se moriría del susto”. Recuerdo que en ese momento, a mi memoria acudieron mis sensaciones de cuando jugaba en la UDSM –esa era precisamente la sensación que sufría cuando me venía un balón: me daba un susto- y que desde ese instante, sólo por las palabras de aquel aficionado, sentí siempre un particular cariño por ese jugador.
Cada sábado o domingo que jugaba, en cuanto el árbitro pitaba el final, sentía en lo más hondo mi penosa actuación. Hubiéramos ganado o perdido, siempre caminaba hacia la caseta con la cabeza gacha, mirada fija en la arena del terreno de juego, evitando a toda costa mirar a la grada, culpándome por cada jugada realizada.
Me cambiaba lo antes posible y huía de los comentarios de mis compañeros, yendo lo antes posible a casa cuando jugábamos en nuestro campo, o al coche de mi padre cuando lo hacíamos fuera. Daba igual que nuestro entrenador nos invitara a todos a una Coca-Cola cuando ganábamos. Yo nunca iba con el resto. Me limitaba a echarme a un lado.
Mi padre me iba a ver todos los partidos que jugábamos fuera, y me temo que para él tuvo que ser una experiencia de lo más aburrida, ver allí siempre sentado en el banquillo a su hijo, sonriente cuando calentaba en la banda, y triste, muy triste, cuando terminaba el partido. Cuando volvíamos en coche, al principio siempre procuraba darme ánimos, comentando algo que había sucedido en el campo y diciéndome que no me torturara, que no lo había hecho tan mal. Pero al comprobar que era un muro de silencio –yo seguía dando vueltas en la cabeza a todos mis errores en el campo-, inmediatamente cambiaba de tema, o ponía la música a tope y se ponía a cantar a voz en grito, haciendo muecas y dándome palmadas en el hombro para animarme. A mí, a pesar de la tristeza del momento, a pesar de sentir que defraudaba a mi padre con cada balón que tocaba, me hacía mucha gracia verle haciendo el tonto para mí, y pronto recuperaba el ánimo. Me hacía reír, y gracias a ello, hoy recuerdo con cariño aquellos momentos con mi padre.
A veces nos acompañaba también mi hermano pequeño, Juan.
Juan tiene cuatro años menos que yo. Cuando venía con nosotros, para él era como acudir a un gran estadio a ver a los jugadores de verdad. Supongo que esa era la imagen que nosotros, con nueve o diez años, le dábamos entonces. Cuando venía, yo siempre dedicaba un tiempo a mirarle desde el campo, incluso a saludarle, porque cuando lo hacía, él se ponía increíblemente contento, y yo lo sabía. Después, en el coche, él se reía conmigo de las tonterías que mi padre hacía para alegrarme el ánimo, y tampoco comentaba nada del partido.
Pero, cuando no venía, ay, entonces, sabía que en cuanto entrara a casa pasaría el peor momento del día. Si no había venido al campo, mi hermano esperaba paciente a que mi padre y yo regresáramos del campo. En cuanto oía que se abría la puerta, corría a recibirnos y siempre, cada sábado o domingo, me hacía la misma pregunta con una enorme sonrisa ilusionada:
- ¿Cuántos goles has metido hoy?
Pregunta que, cada sábado o domingo, recibía la misma respuesta. Respuesta que a él no sé, pero a mí me entristecía un poco más cada vez que tenía que darla, porque cada vez que decía “ninguno”, sentía que mis sueños se evaporaban un poco más.
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#1 Toni dijo,
9 Octubre 2006 8:25 pm
Excelente Dadan, espero impaciente la próxima entrega.
A juicio personal, el mejor fútbol es el que se practicaba con los amigos en el patio del colegio, parques, etc… donde podemos encontrar los verdaderos valores y el auténtico significado de este deporte.
#2 Xals dijo,
9 Octubre 2006 8:45 pm
Genial, por un momento he sentido las palmadas de tu padre mientras regresaba a casa con coche.
Y sí, el mejor fútbol el del patio del colegio. El más igualado y dónde te atreves a hacer lo que en un campo de fútbol (por miedo a fallar) no haces. Aunque a mí sinceramente me encantaba jugar los partidos ‘oficiales’ y ahora recuerdo con tristeza esos momentos tan felices, cuando no me importaba nada más que marcar, cuando me enfadaba con el entrenador cuando me sustituía, cuando cada sábado inventábamos, yo y mis compañeros, antes del partido cómo íbamos a celebrar el primer gol (la montaña humana sobre el goleador era la más común).
No fue hasta que jugué con gente más mayor que yo (tendría entonces 10 u 11 años) que sentí lo que tú describes tan magníficamente en esta entrada. Salir y jugar 10 minutos y sentir que el balón, ese objeto que tanto deseaba cuando jugaba con mis amigos (tanto en partido de colegio como en “oficial”), no me quería ni yo le quería a él. Hacer dos partidos buenos al año y llegar a casa imaginándote marcando goles o haciendo jugadas que nunca te habrías atrevido a hacer. Por suerte la temporada siguiente volví a jugar con los chicos de mi edad y todo cambió…otra vez me sentía dueño del balón, que me pertenecía y que me obedecería. Y así era.
Me arrepiento de haberlo dejado, sinceramente. Cada vez que veo una porteria recuerdo mis goles, o esos que fallaba, o los que nos metían. No puedo evitar mirar hacia el suelo y dejar que los recuerdos fluyan…
Y tú me has vuelto a recordar lo magnífico y lo cruel que es el fútbol, que es lo que hace grande este deporte. Gracias.
#3 Migranol dijo,
10 Octubre 2006 4:48 am
Muy buen relato, de verdad que me gusto mucho y fue una grata sorpresa.
#4 Psicoanalista dijo,
10 Octubre 2006 12:33 pm
Joder, y yo que aún recuerdo el primer partido que me quedé sin jugar. Ni los minutos de la basura, con mi padre en la grada, y yo y un compañero con exceso de peso en el banquillo muriéndonos de asco… al acabar el partido con una derrota ajustada recuerdo que el mister nos pidió disculpas y nos fuimos a casa… Dios mio si lloré ese dia…
Mas o menos me siento identificado contigo. Los entrenamientos los solía hacer bastante bien, solía ganarme el puesto de titular… pero ay Dios que pocas veces di la talla en un partido oficial o amistoso…
En fin, gracias Dadan, increíbles los relatos : ).
#5 J.L. García Íñiguez dijo,
10 Octubre 2006 12:58 pm
Muchos sentimientos que me recuerdan a mi infancia regresan a mi cabeza con este relato. La salvedad es que yo a veces no jugaba ni los minutos de la basura. Sin embargo, pese a mi torpeza, siempre fui todo corazón sobre el pasto, aunque eso no fue suficiente. Suelo decir de forma irónica que el fútbol me dejó a mí y no yo a él. Pero, lo cierto, es que cuando lo dejé mi equipo seguía contando conmigo (seguramente, por mi trabajo y por ser uno de los líderes en el vestuario). Y sí, siempre me arrepentí de haberlo dejado demasiado pronto, aún hoy echo de menos jugar con regularidad en un campo de fútbol.
Y aprovecho para recordar a mis viejos colegas de esta página (antes en Notas de Fútbol), que mi blog, Gol en Las Gaunas, ha vuelto. Si queréis saber algo del Logroñés o mi visión del fútbol en general, pasaos por él. golenlasgaunas.blogspot.com
#6 NIPO dijo,
10 Octubre 2006 4:23 pm
Joder tío… parece como si fuera yo el que me sentaba en el banquillo y recibo el balón con “susto”
Te has metido en mi piel, de verdad. Esa piel de ilusión y fracaso al bajar con tus compañeros del autobus o del estadio a casa, y simplemente cagarte en la familia del entrenador por haberte dejado sin jugar…
Este año estoy sufriendo eso más que nunca, salvo que ya la ilusión la vas perdiendo, y te tomas las cosas con otra mentalidad que con 10 años.. Aunque a veces m sigan entrando ganas de llorar al kedarme partido si y partido tambien sin jugar…
#7 Dadan Narval dijo,
10 Octubre 2006 7:35 pm
Gracias a todos por los comentarios sobre los cuentos. La verdad es que tenía serias dudas sobre si publicarlos en DDF o dejarlos para otra ocasión. Me alegro mucho de que os gusten y de que algunos os sintáis identificados con Gerardo, el protagonista de los cuentos.
#8 raul2010 dijo,
14 Octubre 2006 3:20 pm
Me has saltado las lágrimas con este episodio, Dadan. Gracias por lo que llevamos leído hasta ahora y ánimos para seguir adelante.