Basta ver al filial amarillo. Prohibido el pelotazo, obsesión por el toque. En torno al ancla de Marcos Gullón, la pausa y el dominio de Matilla, las diagonales de Cristóbal y Jefferson Montero, el control de la situación a base de abusar de la pelota, el juego entre líneas de aroma clásico, y nueve en el que todo termina, Marco Ruben, y que casi todo lo emboca. Basta verlo, para definir el sello amarillo, el que se perdió, contra pronóstico con los nuevos mecanismos que chirriaron con Valverde, el que antes se gestó, en parte, en la cantera que dirigió Juan Carlos Garrido, hasta dedicarse de pleno al Villarreal B, y bañarlo de plata, y colocarse en la lanzadera a la aristocracia de los entrenadores de fútbol. Baste verlo en un rato, apenas, para comprender la apuesta de Fernando Roig, que se sinceró ante el micro de Canal+, aún caliente en el palco de Mestalla tras la derrota, siempre dolorosa ante el rival: “así no juega el Villarreal”, la frase, la sentencia definitiva para Valverde, de hace un par de semanas.
Garrido debuta dentro de un rato en un banquillo de Primera División, para que el Villarreal juegue como entiende su presidente que debe jugar. Garrido no fue futbolista profesional, comenzó de corresponsal de regional en Levante-EMV, y labró después su reputación en el fútbol valenciano, hasta caer en el proyecto del Villarreal, donde escuchó y aprendió, primero, trabajó y opinó, después y, al final, simplemente, esperó una oportunidad que recién le llega, con las cenizas de un vestuario revuelto, con la lección bien aprendida de lo que quiere el club, porque nadie es más del club allí que el propio Garrido.
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